Azarquiel: Toledo lleva mil años mirando al cielo

Lo llamaban así: az-Zarqālī, el de los ojos azules. Un chaval que fabricaba astrolabios por encargo sin saber leer las estrellas, hasta que un día las miró de verdad.

Azarquiel tenía los ojos azules.
Eso es lo primero que hay que saber de él. No que fue el mejor astrónomo de su siglo, ni que sus tablas predecían eclipses con una precisión que no se superó en cuatrocientos años.

Lo primero es que era un herrero de Toledo con los ojos zarcos, y que por eso lo llamaban así: az-Zarqālī, el de los ojos azules. Un chaval que fabricaba astrolabios por encargo sin saber leer las estrellas, hasta que un día las miró de verdad.

Corría 1048 y Al-Mamún, rey taifa de Toledo, quería un observatorio. No uno cualquiera: uno que pusiera a su ciudad en el centro del mapa celeste. El cadí Ṣāʿid al-Andalusī vio al herrero de ojos claros mejorar los instrumentos que le mandaban construir y decidió que ese chaval merecía libros. Le dio acceso a todo. Azarquiel se enseñó a sí mismo.

Veinte años después publicó las Tablas Toledanas. Un trabajo de una precisión demencial: predicción de eclipses, posición de planetas, movimiento de las estrellas fijas. Toledo como meridiano cero del mundo conocido. Copérnico las consultó cuatro siglos más tarde. Eso es lo que hizo un herrero autodidacta mirando el cielo desde esta misma roca.

Pero Toledo ya miraba arriba mucho antes.

El 2 de agosto del año 612, un eclipse solar total cruzó el suroeste de Hispania. Sisebuto, rey visigodo que llevaba semanas en el trono, vio cómo se hacía de noche a mediodía y no rezó. No mandó sacrificar un cordero ni convocó a los obispos. Escribió un poema. Sesenta y un hexámetros en latín pidiendo a Isidoro de Sevilla que le explicara qué coño acababa de pasar. Isidoro respondió con un tratado entero: De natura rerum. Un rey bárbaro que escribe versos sobre un eclipse y un obispo que le contesta con ciencia. Siglo VII. Toledo.

Mañana, a las ocho y media de la tarde, la luna va a comerse el 99,3% del sol sobre esta ciudad. No será total. Le falta un suspiro. A cien kilómetros, en Sigüenza, se hará de noche durante un minuto y medio. Aquí no. Aquí nos quedaremos con ese último hilo de luz, ese 0,7% que convierte la escena en algo más raro todavía: no noche, no día. Un limbo.

El sol estará a siete grados sobre el horizonte. Casi tocando el suelo. Eso significa que el eclipse va a pasar durante la puesta de sol. La luna comiéndose al sol mientras el sol se hunde en la llanura manchega. Si el cielo está limpio, va a ser una de esas imágenes que no se olvidan.

Hay que buscar oeste despejado. Sin edificios delante, sin árboles altos. La cornisa norte de la ciudad, el Valle si te colocas bien, cualquier azotea que mire hacia la Mancha. El Alcázar y la Catedral van a recortarse contra un cielo que no va a saber qué color ponerse.

Hay que buscar oeste despejado. Sin edificios delante, sin árboles altos. (Aquí tienes los mejores puntos para verlo.)

Mil años después de Azarquiel. Mil cuatrocientos después de Sisebuto. El mismo fenómeno, el mismo cielo, la misma roca. Ellos intentaron entenderlo con un astrolabio y un poema. Nosotros vamos con gafas de cartón y la cámara del móvil. Pero la sensación va a ser la misma: ese instante en que miras arriba y te das cuenta de que eres absolutamente insignificante. Que esta ciudad lleva aquí más tiempo del que puedes comprender y va a seguir aquí mucho después de que te largues.

Toledo lleva mil años mirando al cielo. Mañana no va a ser diferente.