Los patos saben llegar antes que nadie. A las siete de la mañana ya han trazado su ruta por la orilla, en fila india, con esa dignidad absurda de quien tiene clara la dirección y ninguna prisa por llegar. Yo voy detrás, descalzo, pisando sus huellas en la arena húmeda. Ellos no se giran. No les importo. Tienen cosas que hacer.
Toledo tuvo playa antes de que nadie pensara en inventar la palabra turismo.
Los árabes montaron aquí abajo un polígono industrial del siglo IX: tenerías, batanes, molinos que machacaban lana y trigo con la fuerza del Tajo. Luego vino el clero y dijo esto es mío, como hacía el clero con todo lo que olía bien, y cercó el arenal con un muro. Frutales, sombra, una puerta con llave. Una playa privada quinientos años antes de Marbella.
En algún momento del XVIII, alguien taló los árboles o el río decidió llevárselos. Lo que quedó fue arena. Arena y sol y silencio y el agua pasando.
Entonces los toledanos hicieron lo que haría cualquier pueblo sensato con una lengua de arena junto al río: bajar a bañarse. En 1903, un empresario con olfacto puso un anuncio en la prensa: «Baños de placer, de impresión, duchas. Comodidad y recreo.» Barracones de madera, horarios por sexo, el alcalde publicando bandos cada verano como quien organiza la verbena. Las señoras hasta las nueve. Los caballeros después. Las caballerías, a cincuenta metros. Que no se mezclen las bestias.
Y en medio de todo aquello, un tipo construyó una central eléctrica de vapor. 1897. Una chimenea de ladrillo echando humo en mitad de la playa. La primera luz de Toledo salió de aquí, de este arenal donde la gente venía a refrescarse el culo después de subir y bajar cuestas todo el día.
El río se pudrió en los sesenta. Nadie sabe exactamente cuándo dejó de ser posible, pero en 1972 alguien clavó un cartel en un árbol junto a la orilla. Trilingüe, por si las moscas: «Aguas contaminadas. Prohibido bañarse.» En francés y en inglés también, con una falta de ortografía en «swiming» que dice mucho sobre las prioridades del momento. Y la Incurnia desapareció. La vegetación se la comió. Cincuenta años de nada.
Estoy aquí ahora y la arena está fría bajo los pies. Huele a retama y a río, ese olor dulzón del agua limpia antes de que el sol la caliente. La muralla sale directa de la roca, justo encima, tan cerca que podrías tirar una piedra y darle. El cerro de enfrente cierra el paisaje como una pared pelada, ocre, con tres árboles secos que no se han enterado de que es verano. Todo es estrecho aquí abajo. Íntimo. Estás dentro de Toledo, no mirándolo desde fuera. La ciudad queda a tu espalda, arriba, invisible. Aquí solo existe el río, la roca y la arena.
No hay nadie a esta hora. Solo yo, los patos, y un perro blanco de algún vecino que corre por la arena con la lengua fuera como si esto fuera Fuerteventura.
A las seis aparece una señora con una nevera de playa, dos críos cavando un agujero sin motivo aparente, un tipo en pantalón corto que se ha traído la guitarra española y no toca nada, solo la tiene ahí apoyada, como un accesorio. Alguien ha cortado sandía. Alguien abre una cerveza tibia que suena como un suspiro. Se merienda a la sombra de la muralla, que a esa hora ya tapa medio arenal. Nadie parece especialmente impresionado de estar donde está. Vienen todos los días. Es su sandía de agosto y su playa de siempre.
Solear. Esa es la palabra que quiero. No «tomar el sol», que suena a actividad planificada. Solear es lo que hacen los viejos en los bancos y los gatos en las tapias: dejarse calentar sin tener que ir a ningún sitio después. La arena caliente, los ojos medio cerrados, el Tajo pasando despacio, y la roca enorme encima como un animal echado que te vigila sin moverse.
Ochocientos años de historia. Cincuenta de prohibición. Y ahora el río baja y deja expuesta otra vez la misma arena que dibujaban los cartógrafos en 1576.
Hay una playa debajo de Toledo. La mejor playa que he pisado en mi vida, y no tiene ni una puta sombrilla.
