La flor de un día

La llaman así en La Mancha. La rosa del azafrán nace al amanecer y muere antes de que anochezca. Una flor violeta que vive unas horas, en un campo que lleva once meses sin dar nada, en una meseta donde la sombra es más escasa que el agua. Y dentro de esa flor efímera, tres…

La llaman así en La Mancha. La rosa del azafrán nace al amanecer y muere antes de que anochezca. Una flor violeta que vive unas horas, en un campo que lleva once meses sin dar nada, en una meseta donde la sombra es más escasa que el agua. Y dentro de esa flor efímera, tres hilos rojos que llevan mil años organizando la vida de pueblos enteros.

Los árabes lo trajeron en el siglo IX como lujo exclusivo de la élite andalusí. Una especia de corte, de palacio, de poder. Pero fue en los pueblos de La Mancha donde echó raíz de verdad: no como lujo, sino como ritual. En Consuegra, en Madridejos, en Camuñas, el azafrán no es un cultivo. Es un calendario. Es el evento alrededor del cual se estructura el año. No se planean bodas en octubre. No se viaja. No se enferma. Cuando la rosa florece, la vida se para.

Y por las noches, la monda. Las familias reunidas alrededor de una mesa, separando los tres estigmas rojos de cada flor con los dedos, durante horas, a la luz de una bombilla. Abuelas, nietos, vecinos. La conversación lenta de quien tiene las manos ocupadas y la noche por delante. En un mundo que ha perdido casi todas las excusas para sentarse juntos a hacer algo con las manos, la monda del azafrán sigue existiendo porque nadie ha inventado una máquina que lo haga mejor que unos dedos viejos. La tecnología no ha encontrado la forma de sustituir la paciencia.

Hay una zarzuela de 1930 que se llama así, La Rosa del Azafrán. Jacinto Guerrero la escribió como homenaje a esta cosecha y se convirtió en una de las más representadas de la historia de España. La copla dice: «la rosa del azafrán, de la noche a la mañana, se abre y se pierde su afán.» Un verso sobre una flor que dura un día. Pero también sobre todo lo que merece la pena precisamente porque no dura. La belleza de lo que no se puede almacenar, ni escalar, ni repetir con una máquina.

Eso es el azafrán de La Mancha. No es una especia cara. Es la prueba de que algunas cosas solo existen si alguien decide levantarse a las seis de la mañana, cada octubre, durante toda su vida, para recoger una flor que muere al mediodía.